“A veces siento que no soy nada. A veces siento que soy las tres balas alojadas dentro de mi cuerpo y las dos piernas sangrantes y rotas con las que me han dejado

Todo mi mundo se ha reducido. Ha llegado a ser muy pequeño. Ahora es la reja que hay alrededor de mi habitación. Es el elevado muro que se alza alrededor de esa reja, creando una prisión dentro de otra prisión. Estoy aquí, en el lado desdichado del muro. Soy igual que los pajarillos, cuyos huesos y plumas aún no son lo suficientemente fuertes para elevar el vuelo, inocentes que se han caído de su nido, a los que les han arrebatado a la fuerza, su hogar y su familia contra su voluntad; y que han aterrizado, al igual que yo, en este desafortunado lado del muro.

 

Cada vez que pienso en mi temporada en la cárcel, mi mente regresa allí. Mientras que mi cuerpo está ahora en libertad, a mi mente no le cuesta nada convertirme de nuevo en prisionero, llevándome de vuelta a ese lado infeliz del muro, incluso aunque esté sentado aquí contigo. No me gusta pensar en ello, pero quiero contártelo. Por favor, escribe algo sobre mí,  porque esta es mi vida. Esta es mi historia. Y aunque se me haga duro recordarla, no quiero que desaparezca de mi memoria

Esta es la historia de Mohamed, un palestino de 18 años, que solo era un niño cuando le sucedieron todas las experiencias que describe. Hermano de sus adorados hermanos, hijo de sus cariñosos padres y familiar del fundador de PAL, Ahmad. Cuando era pequeño le pusieron el apodo de “Dob”, que significa ‘oso’ en árabe, ya que era muy alto para su edad. Solía destacar sobre sus compañeros de clase y ahora le resulta complicado hasta caminar. Su experiencia es demasiado habitual. Encarcelado por las autoridades israelíes muy joven por un supuesto “delito” no probado y sin ninguna evidencia, sería de esperar que hoy Dob estuviese enfadado. Sería de esperar también que se hubiese “radicalizado” o “embrutecido” durante su temporada en prisión. Y sería de esperar que hubiese perdido la esperanza en sí mismo y en su futuro.

 

Pero en lugar de eso, y a pesar de que aún continúa luchando para poder asumir lo que le ocurrió, Dob encontró dentro de sí mismo la resiliencia, la fortaleza y la compasión que le habrían  salvado la vida. Y todo comenzó con una gatita. Pero nos estamos adelantando. Primero deberíamos explicar cómo Dob acabó en aquel desafortunado lado del muro.

 

“La muerte viene a verme en forma de pesadillas. No hay nada peor que el día que recuerdo despertándome dolorido, esposado, y rodeado de soldados con sus pistolas”.

 

Dob tenía 17 años, cuando los soldados israelíes le dispararon en la pierna hasta tres veces. Estaba estudiando, preparando sus exámenes finales y había salido afuera para fumar y poder despejarse unos minutos, antes de volver con los datos y las cifras en los que se encontraba trabajando y que intentaba aprender. No vio a los soldados cuando éstos le dispararon. Se paró en la calle, colocó el cigarro en los labios y usó el mechero para encenderlo. Después llegaron las balas, las tres, una detrás de otra. Sus piernas flaquearon hasta tirarle al suelo. El dolor era insoportable. No podía huir. Sus extremidades estaban llenas de sangre. Después le dijeron que le dispararon porque los soldados, que se escondían detrás de un edificio,  pensaban que estaba preparándose para lanzar una granada. No había granada. No había ninguna evidencia. De hecho a día de hoy continúa sin haber ninguna evidencia. Dob fue arrestado sin miramientos. Le alejaron de su familia, de sus desconsolados madre y hermanos, para comenzar una sentencia de 26 meses en prisión.

Fue un trauma: llegar a estar tan cerca de la muerte, sin llegar a morir, pero aún así perder su vida. Fue trasladado de cárcel en cárcel hasta que finalmente le establecieron en Negev, una prisión política en medio del desierto.

 

Llegó estando aún gravemente herido, casi no podía andar, tampoco ducharse, ni utilizar el aseo sin ayuda. Echaba de menos a su madre, a sus hermanos y su antigua vida, que cada vez se hacía más y más lejana y abstracta para él según iban pasando las semanas. Cuando se le pregunta que de aquellos días en la cárcel cuáles son sus peores recuerdos, responde: “Cada día era el nuevo peor momento. Despertar y darte cuenta una y otra vez de que no había sido un mal sueño”

 

Entonces un día encontró a la gatita. Iba dando tumbos por el recinto, muerta de hambre y sola. Dob no sabía cómo había llegado hasta allí, pero allí estaba ella, igual que él, en el desdichado lado del muro. Recuerda que primero la miró, sabiendo lo que le depararía el destino si él no le ayudaba. Esa situación era similar a la suya, ninguno de los dos parecía tener esperanza. No sabía qué hacer. Podía abandonarla y continuar intentando mantenerse con vida. Necesitaba ser duro para sobrevivir allí dentro, no había lugar para la ternura, la cual podría ser interpretada como debilidad y ser utilizada en su contra. Pensó que era mejor abandonarla a su suerte.

Pero justo entonces miró su alrededor y vio a los soldados israelíes que le vigilaban constantemente. Se dio cuenta de que por primera vez en meses, estaba en una posición de superioridad, menospreciando a un ser más débil. Podía decidir el destino de la gata simplemente eligiendo ayudarla, podía tomar la decisión de salvarla y ofrecerle la compasión que a él le habían negado. Cogió en brazos a la mugrienta gatita, convirtiéndose en su protector.

La llamó Simba. Sólo tenía un juego de ropa de repuesto  con la que le hizo una cama para dormir por la noche. Simba le seguía a todas partes y visitaba a los otros prisioneros. Dob volcó toda su atención y cuidados sobre ella, como si fuera su hija. Cuando, sin previo aviso, le cambiaron a otra cárcel durante dos semanas, pensaba en ella constantemente, preocupándose por ella y echando de menos su reconfortante  presencia. Cuando volvió, ella estaba allí esperándole.

Todo volvió a suceder cuando Dob se encontró dos pequeño pajarillos tirados en el suelo al lado de un nido roto, que se había caído desde lo alto del muro con sus pequeños ocupantes atrapados en su interior. Su madre revoloteaba sobre ellos, aterrorizada, incapaz de recuperarlos. Dob la miró y pensó en su propia madre, esa manera  que entró en pánico cuando le alejaron de ella. Su querida madre que nunca habría imaginado que sus hijos llegaran a estar atrapados dentro de los muros de una prisión.

Al igual que hizo con Simba, Dob crió a los pájaros con su ración diaria de pan. Cuando crecieron y se hicieron fuertes, teniendo así la capacidad de volar y dejar atrás la prisión, Dob quedó asombrado al ver que eligieron quedarse allí con él. Permanecían a su lado, salvo en algunos momentos del día en que escapaban a través de un pequeño agujero  de aquel  entrelazado tejado metálico y volaban durante un rato. Dob siempre les observaba.

Dob sentía que él, Simba y los dos pájaros compartían una vida y un destino y, en esa idea, Dob encontró la libertad. Mientras las paredes y las verjas de la prisión podían contener su cuerpo, estas no podían contener su mente, sus pensamientos, su compasión y sus sueños. En su pequeño gesto de cuidar a los animales, su mente abrió una brecha en los gruesos muros y fue capaz de recordar un mundo donde ocurren cosas buenas, donde las personas cuidan unas de otras, donde incluso un pequeño animal podía ser salvado de la violencia de otros.

“Te desmoronas allí, en la cárcel. O dejas de sentir y te vuelves violento, o te haces más fuerte. Y ser fuerte es ser amable. Amable con otras personas, amable con los animales más vulnerables, amable en todos los aspectos”.

 

Mientras comparte su historia, mira por encima de los tejados del campo de refugiados de Jalazoun, donde nació, se crió y donde ha vuelto finalmente con su familia. Una sonrisa se dibuja en su cara mientras observa un grupo de pájaros descendiendo en círculos, como ya había hecho antes desde debajo de aquel tejado enrejado de la celda en Negev. Mientras vuelan, él se sienta debajo, cargando con sus piernas extendidas delante. Piensa en conseguir un tratamiento para sus heridas, en aprender a caminar con normalidad de nuevo, en retomar los estudios y en continuar luchando por los animales, de la misma forma que aprendió con Simba por primera vez. Es todo un hombre, casi sin infancia. Es un palestino con una trágica historia, una historia aún más terrible sabiendo que miles de personas como él han sufrido y continúan sufriendo experiencias similares. Algunos nunca conocerán la libertad. Ahora mismo su país lucha por tener derecho a existir y por que a un pueblo entero se le permita decidir por sí mismo lo que significa ser fuerte, luchar y construir un mundo mejor. Dob planea ser uno de los que luchen para conseguir todo esto. Lleva consigo sus vivencias y su humilde mensaje al mundo: Solamente liberando a los demás, podemos esperar encontrar nuestra propia libertad.

 

Desde su puesta en libertad, Dob ha acompañado a su tío Ahmad a varias actividades de PAL, como, por ejemplo, participar en el censo de perros callejeros en Ramala, donde en los próximos meses PAL espera llevar su innovador programa de esterilización y castración. Hasta ahora Dob ha estado volcando su compasión y energía en trabajos positivos para las personas y los animales. El equipo de PAL al completo no podría estar más orgulloso de Dob y espera ilusionado que el futuro le depare grandes objetivos.

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