Experimentando el sufrimiento que produce tener que dormir a un perro de la calle 

Por: Ahmad Safi

Se encontraba en un estado lamentable, tumbado en la calle en un barrio rico de Ramallah, bajo un coche lujoso. El pobre perro no podía siquiera lamentarse o mostrar dolor y, a medida que nos acercábamos, intentó atacarnos pero le fallaron las fuerzas. Habíamos recibido la comunicación a través de unos amigos que nos condujeron al lugar. Al principio pensamos que el perro tenía múltiples heridas de disparos por todo el cuerpo e intentamos con todas nuestras fuerzas cargar con él para poder trasladarlo al veterinario más cercano.

En ese día había mucho trabajo en la clínica veterinaria de PAL: había muchísima gente con sus animales rescatados que esperaban a ser atendidos. Llevamos rápidamente al perro a otro veterinario que se había ofrecido como voluntario para ayudarnos. Después de ver al veterinario, las cosas se pusieron aún más feas de lo previsto. Las heridas que al principio nos habían parecido de disparos eran, en realidad, marcas de una infección bacteriana que se había convertido en tuberosidades subcutáneas que hacían que saliera pus y sangre de aberturas en la piel. Tan pronto como el veterinario lo detectó, nos pidió que nos esterilizáramos enseguida. Discutimos con él sobre su estado y sus posibilidades de supervivencia, pero era demasiado arriesgado y aún más difícil cuidar de él, ya que estaba demasiado débil para soportar el dolor. El estado del perro requería ponerlo en cuarentena y que los especialistas lo tuvieran en observación las 24 horas del día y 7 días a la semana y, además, necesitaba que un laboratorio mejor equipado analizara la sangre para averiguar de qué bacteria se trataba pero todo esto, por desgracia, no se encuentra dentro de nuestras posibilidades. En ese momento, la discusión cambió de rumbo y pasamos a tratar sobre las pocas posibilidades que teníamos y el sufrimiento que el perro ya habría experimentado antes de que nosotros lo encontráramos.

Al final tomamos la dura y difícil decisión de eutanasiarlo. Decidir terminar con la vida de otro ser, aliviarle el dolor y tener bajo control los daños inevitables teniendo a disposición alternativas y recursos limitadísimos no es una decisión fácil de tomar. Nuestra obligación era evitar el contagio de la bacteria a otros animales así como a los humanos. Entonces contactamos al grupo que nos había informado sobre el paradero del perro para comunicarles nuestra decisión, ya que consideramos que se trata de un deber moral y humanitario hacerles partícipes. Sin embargo, recibimos duros ataques y nos llamaron criminales.

Osman, un voluntario de PAL apodado The Jinni, que había pasado tres años en una prisión israelí, fue uno de los que respondieron a la llamada para rescatar al perro. Después de este momento, no fue capaz de manejar la decisión. Siempre habíamos pensado que Osman era un tipo duro debido a la vida difícil que había llevado en el campo de refugiados, al haber sido testigo del asesinato de sus amigos durante enfrentamientos e invasiones. Terminar con una vida no era una opción válida para Osman, y a pesar de haber tenido una vida dura, sus experiencias vividas no le hacían aceptar la decisión con más ligereza. Se fue de allí con el corazón roto y sin palabras. 

Otro chico, Obada, fue testigo del incidente y tampoco fue capaz de dominar la situación. 

Sama, uno de nuestros voluntarios más jóvenes con solo 15 años, al principio se había sentido contentísimo de poder echar una mano en el rescate de un perro enfermo y vulnerable, pero en ese momento no podía creer que el perro no iba a sobrevivir.

Si examinábamos todas las alternativas que teníamos, ¿éramos realmente criminales por tomar esa decisión? ¿De verdad habíamos tomado la decisión correcta? ¿De verdad estábamos salvando otras vidas evitándoles un posible sufrimiento parecido? ¿Deberíamos haber escuchado a los que se oponían a eutanasiar al perro por motivos que iban desde la compasión a la religión? De entre las alternativas de las que disponíamos, ¿qué podríamos haber hecho que fuera mejor que esto?

Él no tenía nombre y se quedó sin nombre. Decidimos enterrarlo. Terminamos el día en la clínica a las dos de la madrugada, esterilizamos la clínica veterinaria de la sede de PAL y nos dirigimos hacia un lugar tranquilo donde cavamos un espacio adecuado para que él pueda descansar en paz.

Me tomé la primera dosis de antibiótico que me recomendó el doctor. Esterilicé el coche por completo mientras reflexionaba en lo que podría haber pasado: ¿Cómo podrían haber ido las cosas? ¿Debemos “matar” para salvar a otros? A veces la respuesta es sí, si esta vida es tan miserable para que la muerte sea la mejor de las opciones y la que comporte menos sufrimiento. Pienso en cuánto dolor ha sufrido el pueblo de Palestina en este conflicto y cuánta gente ha sufrido tanto, física o psicológicamente, que ha sentido deseos de morir; en cuánta gente anhelaba la muerte mientras inhalaba fósforo blanco en Gaza y creía que un final definitivo les daría alivio; cuántos padres hambrientos vieron a sus hijos morir a causa de los bombardeos y deseaban poder acompañarlos. 

Algunas decisiones son difíciles de tomar, pero son las más adecuadas en algunas situaciones complejas. A pesar de ello, algunas personas no pueden comprender los motivos que se encuentran detrás de esas decisiones.



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